Inesperado.

Tenía la certeza de que el sol sadría. Más bien creía tenerla. Sí, creía. Y creí mal. Porque mi tristeza no es debida a que el sol no saliera, sino que salió, pero su promesa rompió.
Sus calientes rayos de sol ahí estaban. Sí, pero no me iluminaban. No me abrigaban. No coloreaban mis mejillas del color de las rosas de mi precioso prado.
No era el sol. No era mi sol. Era el sol común. El público. El de todo el mundo.
Dejó de lucirse especialmente para mí. Me abandonó.
¿Egoísta? ¿Yo? No, para nada.
Simplemente soy la niña pequeña de la que él se aprovecho. La niña pequeña a la que rompió el corazón.
Simplemente me prometió su amor y me defraudó.

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